Hace relativamente poco, conviví todo un fin de semana con un pequeño de tres años al que ni siquiera conocía. Aquel niño que tenía cara de ángel resultó ser un verdadero demonio; sin embargo, sabía que lo tendría que tolerar por tres largos días y que debía hacer lo posible para que este tiempo pasara rápidamente.
El niño saltaba por toda la casa, corría, gritaba, desordenaba todo (y no es que yo sea una fan del orden y la limpieza pero no soportaba recoger algo para que lo tirara inmediatamente) y yo me encontraba a cargo de el.
Realmente no sabía que hacer o que decirle para que se tranquilizara y dejara su hiperactividad al lado; fue ahí cuando se me ocurrió ponerle una película. ¡Claro! La tele es una especie de autoridad o maestro para los pequeños y definitivamente sonaba muy atractivo que se quedara sentado y callado por lo menos por media hora. Le puse una película (cuyo nombre no recuerdo) de unos trenes habladores. Cuando lo vi suficientemente “picado” con esta, descansé y emigre a mi cuarto; minutos después se apareció en mi entrada. Se encontraba muy emocionado con el filme, tanto, que me empezó a contar de qué se trataba. Fue en esta parte donde él llamó mi atención y me mantuvo atenta de sus palabras.
Evidentemente, el travieso, no concretaba sus pensamientos y me los decía de una forma desordenada. Me “salpicaba” toda aquella información que se le venía a la mente, toda desreglamentada sin coherencia hasta cierto punto de no poder entender sus palabras.
Yo sólo escuchaba “y el carrito azul iba y la otra lo veía y se reían y habían olvidado al otro y se sentía muy triste y entonces andaban y llegaron al lugar pero el otro seguía en otro lugar y antes se encontraron al tren verde y el azul estaba feliz y el otro tren todavía no estaba con ellos….”
Para ser franca no entendí absolutamente nada, su entusiasmo por contarme la historia la hizo completamente incomprensible, pero no todo su esfuerzo por comunicarme fue fallido, en ese momento observé varias cosas.
En primera, el constante uso de la conjunción “y”. La lluvia de ideas que poseía en su cabeza sólo podía ser exteriorizada con esta pequeña letra, Diego no quería que ningún pensamiento quedara fuera de su historia.
Otra constante que pude notar fue la repetición de de una idea específica (el trenesito se había quedado solo y todavía no los alcanzaba), el quería que yo recordara esa parte de la película porque seguramente fue impactante para el.
Por último, Diego imitaba a los trenes, les daba caracterización, se subía y se bajaba de la cama, alzaba y bajaba la voz con un sólo fin: capturar mi atención y que yo pudiera recordar la historia.
Este fragmento de mi fin de semana, me hizo pensar en la cultura de la oralidad, la forma en la que se comunicaban en tiempos antiguos que era muy similar al la forma en la que Diego se expresó.
Las oraciones eran acumulativas y se lograba mediante el nexo “y”. Las personas disparaban sus memorias, en vez de estructurarlas y decir una frase congruente.
Hacían énfasis en una idea principal para que la gente que escuchara la recordara y después pudieran volver a contar la hazaña.
Finalmente, utilizaban elementos nuevos para poder llamar la atención. El niño lo logro al personificarse en los aparatos.
Ahora puedo notar que después de tantos años la comunicación básica perdura, sin embargo, la sociedad nos ha hecho que nos expresemos de una manera con más estructura para poder entendernos al cien por ciento.
Por: Ana Mazu Camou =)
22:41
Cultura de la oralidad. ¿Se comunican de la misma forma un niño que nuestros tataratataratataratataraabuelos?
Publicado por ana
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1 comentarios:
Qué buena oportunidad de poner en práctica lo que estás aprendiendo...
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